Más de 50 años dando
comidas y alojamiento
Una historia de esfuerzo y superación
Hace más de cincuenta años, Josefa Álvarez y su marido Manolo Omaña emprendieron un viaje cargado de coraje. Dejaron atrás su querida Astorga para asentarse en la capital de provincia.
Llegó a servir más de 45.000 comidas y hospedar a miles de viajeros
En un pequeño local de la calle Ferrocarril nació el Bar Astorga, un refugio abierto día y noche, los 365 días del año, donde se servían desayunos, comidas y cenas a todo aquel que cruzara su puerta. Josefa, siempre al mando de los fogones; Manolo, tras la barra, acogiendo con cercanía. Juntos hicieron de aquel espacio un hogar para muchos.
Con el paso del tiempo, la primera planta del edificio salió a la venta. Prudentes, pero con la mirada puesta en el mañana, decidieron comprarla para ofrecer algo más: cuatro modestas habitaciones donde obreros y trabajadores encontraban descanso. Luego llegó la segunda planta, la tercera… incluso el ático. Poco a poco —a base de esfuerzo, de sueños y de todos sus ahorros— consiguieron hacerse con todo el edificio. El entonces Hostal Astorga llegó a servir más de 45.000 comidas y hospedar a miles de viajeros que hicieron de sus habitaciones su hogar temporal.
Ya en 19XX, y tras una vida entregada, dieron paso a la siguiente generación. Fueron sus hijos quienes siguieron cuidando el proyecto familiar, elevando el hostal a la categoría de Hotel Boutique. El bar, tras varios traspasos, terminó cerrando… hasta que, en enero de 2025, volvió a la vida para acompañar al hotel y cerrar, de algún modo, el círculo por el que todo empezó.
Valentía, esfuerzo y visión: eso ha definido siempre a esta familia, que hoy continúa sosteniendo con cariño y orgullo un lugar que no es solo un negocio, sino una historia viva; un legado único y profundamente especial.
Si vas a la cafetería y ves a una pareja ya casi anciana como en su casa, tomando un café probablemente sean ellos, admirando y contemplando lo que un día pensaron que era.
Si vas a la cafetería y ves a una pareja ya casi anciana como en su casa, tomando un café probablemente sean ellos, admirando y contemplando lo que un día imaginaron.